Ya no arden las pérdidas.


Paulo Ito

El Efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo, según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, midiendo por tanto su habilidad por encima de lo real. Este efecto,  -del que ya me advertía mi abuela-, fue demostrado en una serie de experimentos realizados por Justin Kruger y David Dunning, de la Universidad de Cornell (Nueva York, EE. UU.). Sus resultados fueron publicados en el Journal of Personality and Social Psychology de diciembre de 1999.

Pero la investigación, -se ve que financiada con fondos europeos- no quedó ahí-, y es que como ya decía un tal Parkinson a propósito de la trivialidad,  es común darle una importancia desmedida a los temas menores, lo que en la vida de las organizaciones suele traducirse en personas aparentemente laboriosas, dedicadas en cuerpo y alma -si la tienen-, a los pequeños detalles, tanto y más incapaces, cuanto más lo están para el desarrollo  de su trabajo.

La relación entre estupidez y vanidad descrita como efecto Dunning-Kruger, se basa en dos principios: Los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades y los individuos incompetentes son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás. Antes de que estos estudiosos lo evidenciasen científicamente, Charles Darwin ya había sentenciado que “La ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”. Mi abuela que  leía mucho a los clásicos, distinguía con Quevedo  tres tipos de tontos: el necio, que es el hombre al que se necesita tratar a fondo para descubrir que es tonto, «porque al primer toque no se puede percibir»; el majadero o mazacote, que delata su tontería con sólo comenzar a hablar; y el modorro, al que basta con ponerle los ojos encima para distinguirlo. O, como nos acerca  Juan Manuel de Prada,  teólogos como Leonardo Castellani abundan en otra hilarante clasificación atendiendo al grado de conciencia que tienen sobre su tontería: 1) Tonto a secas: ignorante; 2) Simple: tonto que se sabe tonto; 3) Necio: tonto que no se sabe tonto; 4) Fatuo: tonto que no se sabe tonto y quiere hacerse el listo; y por último el más peligroso, el  Insensato, esto es, el tonto que no se sabe tonto y encima quiere gobernar a otros.

El avance de Krugger y Dunning fue simplemente demostrar lo evidente con  un experimento consistente en medir las habilidades intelectuales y sociales de una serie de estudiantes y pedirles una auto-evaluación posterior. Los resultados fueron sorprendentes y reveladores: Los más brillantes estimaban que estaban por debajo de la media; los mediocres se consideraban por encima de la media, y los menos dotados y más inútiles estaban convencidos de estar entre los mejores.

Estos parámetros científicos  vienen al pelo para catalogar e interpretar muchas de las decisiones y desaciertos de uno más de esos jaimitos de la nada, los peores simples, los otros Ministros, todos ellos unidos en estrecho parentesco mental.Desde la pasada semana,  al menos para Hacienda, ya no arden las pérdidas. Con el poeta:

Cierro los ojos y

arden los límites

De las jaimitadas.

 Alejandro N. Sarmiento Carrión

Vocal de la Junta Directiva de la Asociación de Gestores Culturales de Castilla y León

Fotografía: Paulo Ito

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